AIRE:
Una suave brisa recorre mi cara y el calor del sol hace que me despierte. Como todos los días él está aún dormido. Hay que reconocer que parece totalmente indefenso, es bastante atractivo, pero su belleza peligrosa se anula cuando lo ves en este estado de sueño. Ahogo una risa y me estiro. Me echo el pelo hacia atrás y miro la montaña.
Vivimos en el acantilado que marca los límites de Carmel, en un pueblo cercano a las Vanatu. El nombre del pueblo le define totalmente, se llama Torn, desgarrado. No tiene muchos habitantes, por eso vivo aquí, hay poca gente, y los que hay no se molestan en peguntarte quién eres, a dónde vas o a qué te dedicas; simplemente viven. Las casas mas alejadas de la plaza se encuentran en un extremo del acantilado, algunas de ellas poseen un porche que se sale de los limites de la tierra, pero con los buenos cimientos de las casas se sujetan con firmeza. Nosotros vivimos en una pequeña cueva lo mas alejada de la población, no nos gustan ni las visitas ni las preguntas. Antes se podía llegar a nuestro pequeño hueco entre las rocas nadando, ahora el agua ha descendido, el mar se está secando. Hace 18 años que no llueve, 18 años que llevo viviendo aquí, él llegó más tarde.
Como siempre, me desvío del tema...
Miro el sol que me abrasa la cara al abrir los ojos y observo como rompen las olas, cortantes con las rocas, como las rocas retan al agua, como se libra una lucha interior a ver quién puede más, a ver quién se rinde primero. Con todos estos pensamientos me levanto de los almohadones que me sirven de cama y salto al vacío, como siempre. Cuando estoy a punto de tocar las rocas que se alzan amenazantes me paro y alzo el vuelo. Siempre vuelo cerca del cortante, bueno, desde que recuerdo... No confío en él del todo, mi extraño compañero podría haberme borrado la memoria o trastocado la misma. Simplemente confiemos.
Cuando vuelo normalmente los pájaros se alejan de mi camino, reúyen mi compañía porque no soy natural, soy un ser raro. Me he ganado el respeto de todas las aves del lugar, me he ganado el respeto de toda la gente humilde del pueblo, aquí todos me respetan, pero nadie me conoce, ni siquiera el muchacho.
Desciendo para apoyarme en una roca y meto los pies en el agua. Como siempre, está helada.
Miro mi reflejo en el mar embrabecido, es el único lugar en el que puedo verme de una forma más o menos nítida, clara.
Me gustaría ser una chica normal, me gustaría ser otra campesina más que pudiera salir con chicos, tener amigos, ser popular... Pero no, a mí me ha sido concedido este don, dominar el viento. ¿De qué me sirve mi belleza si tengo que vivir escondida? Hasta que no nos reunamos los cinco niños no podremos ayudar a nadie más que nosotros mismos, así que... No me sirve de nada ser como soy.
Miro mi rostro una vez más. Tengo los pómulos altos y ojos azules rasgados. Mis rasgos son afilados, mi barbilla, mi nariz, mis orejas, mis ojos... Todo. Mis ojos azules reflejan frío, respeto.
Con ellos he conseguido ese respeto. Me levanto con cuidado de no resbalarme con las algas que hay encima de la roca y miro mi cuerpo. Soy muy delgada, quizás demasiado, pero eso me ayuda a volar, a deslizarme por el aire, a romper las nubes. Nada se interpone en mi camino, y mi cuerpo me ayuda. Mi pelo es negro como el azabache y cae por mi espalda y mis hombros. Es largo, muy largo y liso. Cuando vuelo el aire me da libertad, me hace sentir libre, estoy harta de estar rodeada de estos acantilados. Miro mi reflejo una vez más antes de deshacerme del vestido que llevo puesto de un tirón y me deslizo para meterme en el agua. Después de mojarme entera y librarme de la suciedad de nuestra cueva vuelvo a la roca y me visto de nuevo. Vuelo de vuelta a nuestro pequeño refugio. Ahí está, aún dormido. No le tengo mucha simpatía, me da miedo, aunque no lo exteriorice. Pero me gusta, es atractivo, fuerte y seguro. Su pelo es oscuro y corto, sus ojos muy oscuros, oscuros y profundos.
Me quedo admirando su belleza unos segundos más antes de que despierte.
¡Oh! No me he presentado; soy Lish, y el Aire me obedece.
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